2018-01-07

Ed Atkins: democratizando la sodomía y el piANO



Aprovechamos el último día que está abierta para visitar la exposición "Old Food" (2017), del artista Ed Atkins, en el Martin-Gropius-Bau de Berlín.



Atkins es un escritor y artista británico especializado en vídeo de animación. Con solo 36 años ha expuesto en grandes museos de arte contempráneo. Ahora veremos por qué.

https://www.youtube.com/watch?v=FXPbIJlF0W8

En este teaser vemos el primero de los vídeos de la exposición. Además de este, está conformada por una serie de vídeos cortos, en diferentes formatos, que nos muestran distintos episodios de una misma historia. El único personaje que aparece en escena es un hombre, retratado en distintas fases de su vida.

En este primer vídeo vemos los ingredientes fundamentales del drama: el protagonista, un piano y un gran agujero, a través del que aparece violentamente en escena. Después comprenderemos lo que simboliza este agujero. De fondo, escuchamos el ruido de una sierra o de un taladro, perforando madera, lo que vincula esta escenario minimalista con la cabaña que veremos después.

El agujero aparece manchado con una sustancia oscura, pegajosa, como si hubiese sido quemado. Y en el suelo vemos algo parecido a virutas metálicas doradas. Nos sugieren la simbología del oro, esto es del niño Horus, del andrógino sodomizado y traumatizado. Uno de los fluorescentes está movido y parpadea. Otro indicio que nos pone sobre la pista de lo que trata toda la exposición.



Otra de las grandes pantallas muestra el interior de una cabaña, presidida por una chimenea. A la derecha, el mismo piano y un televisor en el que se proyecta la película Frankestein. Esta es otra clave para comprender toda la obra. Frankestein es el golem. Pero no el golem mítico o novelesco que nos ha vendido el pensamiento dominante. Sino el verdadero golem, que no es otra cosa que un esclavo de control mental mediante trauma, producido en los rincones más ocultos de los guetos judíos de Occidente.



Al lado de esta gran pantalla aparece otra, con la misma cabaña vista desde el exterior y el mismo piano, ahora en medio de la naturaleza, entre dos árboles.



El episodio más violento e impactante de toda la exposición se produce cuando el bebé protagonista irrumpe violentamente en la cabaña. Se golpea contra las paredes, el techo y los muebles. Esto es una alusión evidente al maltrato infantil. Se trata de un bebé de pocos meses, de una escala mayor que la real. Estos cambios de escala son utilizados a menudo en la programación mental, porque inducen estados de trance disociativo en los que los álters se ven desde fuera del cuerpo, en la distancia, deformando las proporciones naturales.

Después de golpearse se sienta al piano y empieza a aporrarlo rítmicamente, mientras las lágrimas inundan sus ojos. "La letra con sangre entra", se decía todavía en la España de mi niñez.



Al mismo tiempo, en la pantalla de al lado, el protagonista, pero ya adulto, ha llegado arrastrándose hasta el piano y lo toca con una sola mano, tumbado en el suelo. En algunas tomas vemos la mano sobre el teclado del piano desde la vertical, lo que hay que interpretar otra vez como la disociación mental producida por el trauma.



Antes lo hemos visto acercarse a la cabaña y al piano a través de un camino de arena serpenteante. Como un bebé de pocos meses, de nuevo a mayor escala que la natural, y como un adolescente de unos 10 o 12 años.



En los dos casos, aparece en estado de trance, con una postura corporal muy rígida, con la cabeza inclinada hacia adelante y las manos contraídas hacia el interior. El camino serpenteante en medio de la naturaleza lo interpretamos como la iniciación en los misterios, lo que también parecen sugerir los dos árboles que flanquean el piano, como las dos columnas masónicas. La música como iniciación, como programación mediante trauma. La sodomía hace de las víctimas genios.



Esta postura nos recuerda a una imagen de "El resplandor" de Stanley Kubrick. Y nos da otra clave más para entender toda la exposición. Nos están hablando de abuso infantil, de trance disociativo mediante trauma, de programación mental, de iniciación dura.



De hecho, en "El resplandor" también aparece la chimenea ocupando un papel central, asociada al abuso infantil y al trance disociativo. Es posible que Atkins se haya inspirado en el director neoyorquino.



En otras pantallas de menor tamaño aparece el mismo personaje con distintas edades. En todos los casos lo vemos inmerso en el sufrimiento y el terror, bajo una lluvia torrencial, y llorando, literalmente, un mar de lágrimas pegajosas que resbalan con dificultad por su rostro. Casi parece que su piel se hubiese materializado a partir de estas lágrimas, con una textura espesa y elástica. De la misma manera que a su personalidad le ha dado forma el trauma.

Las lágrimas y la lluvia nos recuerdan el mundo de los rituales de la fertilidad. Pero ahora los ojos traumatizados se convierten en órganos reproductivos sustitutorios y en lugar de crear vida recrean el orden sadomasoquista reinante, que siempre es posible tensar un poco más, antes de que la sociedad estalle en mil pedazos.



Es interesante valorar la tecnología de imagen de síntesis utilizada en el marco de la programación traumática. Las imágenes son muy impactantes, están llenas de detalles y expresan un gran sufrimiento. Y sin embargo no generan prácticamente empatía. Al menos esta ha sido nuestra experiencia. Porque, evidentemente, sabemos que estamos ante una simple imagen de síntesis.

Y sin embargo, lo cierto es que nos familiarizamos, naturalizamos, normalizamos, este sufrimiento. De esta manera, la ficción influye profundamente en la realidad. En la medida en que nos hacemos más tolerantes y menos empáticos al dolor ajeno. En este sentido, también, esta exposición contribuye a construir una sociedad más inhumana, más fría, más egoísta, como ocurre hoy con la mayoría de la cultura dominante. Esta empatía es tremendamente plástica, y se construye socialmente, como todo lo demás. Y las élites satanistas, expertas en el ritual de sexo y sangre, saben cómo moldearla de cara a sus agendas. Todo el arte del siglo XX hay que entenderlo, en general, en este sentido, como una campaña muy intencionada de "deshumanización", como supo ver José Ortega y Gasset.



Ahora ya podemos comprender lo que simboliza el agujero quemado que veíamos en la primera secuencia. El artista nos está hablando, entre líneas, del abuso infantil y de la violación anal. En la imagen del interior de la cabaña, después de que el bebé irrumpiera violentamente, escuchábamos, mientras este tocaba el piano, los gritos de un hombre y una mujer. Era una escena de violencia de género. Que se suma al abuso infantil. En otras palabras: el agujero es el ano sodomizado violentamente por el padre, sea este biológico o de adopción. Por eso este rayo de luz y el agujero se encuentran en la espalda del niño.

Y el piano juega también un papel central en toda esta historia. Porque nos muestra que los máximos exponentes de la cultura podrida y decandente que caractreriza a Occidente son a menudo el producto del abuso infantil. Pero esto no se lo dirán en las universidades, porque para eso están.

Además, el agujero anal se proyecta como un haz de luz sobre el suelo, lo que hay que interpretar como una referencia a Lucifer. La vinculación entre la sodomía, la "iluminación" y la alta cultura es central para los "iluminati". Esto explica por qué estos artistas llegan a los grandes museos. Los que deciden saben muy bien cuándo una obra tiene los ingredientes que necesitan para programar mediante trauma a las masas.

No sabemos hasta qué punto Ed Atkins sabe lo que está haciendo. Porque a menudo los artistas trabajan de manera intuitiva y no son capaces de racionalizar lo que hacen. Lo que sí sabemos es que su obra es lo que necesitan las élites satanistas que nos gobiernan en la sombra: violencia de género y violencia infantil. Programación dura para los millones de esclavos de control mental que hoy conforman los puestos de responsabilidad. Y programación blanda para las masas. Y todo ello contado de manera sutil, sin que muchos lleguen a comprender lo que estamos desvelando aquí. Porque también cuando no se comprender, o mejor, sobre todo cuando no se comprende, la obra es efectiva de cara a la ingeniería social.

En suma, la exposición "Old Food" de Ed Atkins nos muestra una tendencia muy extendida en la cultura dominante de hoy: la democratización del abuso infantil. Satanismo para todos, pero satanismo sublimado, bien empaquetado y refinado. Satanismo fino, de buen gusto.

Pedro Bustamante es autor de "En el nombre del Falo y del Ano y de la Matriz transhumana: El sacrificio de la maternidad y el nacimiento del infrahumano" (2017), "Sacrificios y hierogamias: La violencia y el goce en el escenario del poder (1 y 2)" (2016) y "El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses" (2015).

1 comment:

  1. Anonymous28/1/18 05:51

    Una escena de violencia de género o "de género"? ;) muy interesante; ojalá trataras lo de la oleada de muertes en la podrida industria del porno yanki.

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