2017-05-30

Pan y vino



Si el pan y el vino son un símbolo tan poderoso, si han conseguido cohesionar a tantas zoés durante tanto tiempo, es porque tienen una gran profundidad simbólica. Porque significan muchas cosas y cosas muy contradictorias a muchos niveles. Y gracias a esto hacen posible que muchas zoés se pongan más o menos de acuerdo, a pesar de no estar del todo de acuerdo, a pesar de ser incluso enemigas no declaradas. Lo que mueve a las sociedades, lo que las cohesiona, lo que las enfrenta, son estos símbolos, es está profundidad simbólica.

Al lado de esto, el rigor acádemico, que dice prescindir de la ambigüedad de los términos y de los conceptos, es una pura cáscara inerte. No puede escapar a esta estructura simbólica. Simplemente nos intenta vender, en ocasiones con tarifas que pueden pagar muy pocos, el rigor y la precisión. Pero esto no es más que falta de profundidad, superficialidad. Que nos traten de vender esta carencia, este defecto, como una virtud, y que la mayoría se trague el cuento, es otra confirmación de la decadencia de nuestros tiempos y del carácter prostibulario de las instituciones que se presentan como prestigiosas.

Cualquier cristiano sabe que el pan y el vino son símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo. Que a su vez aluden a la Última Cena que se celebró antes de su sacrificio. Lo que no todos los cristianos comprenderán es la contradicción que supone que Cristo, antes de ser sacrificado, diga que el pan y el vino que van a comer son su carne y su sangre. Evidentemente estamos ante una sustitución de un ritual sacrificial, del que forma parte la ingesta antropofágica de una víctima humana, de Cristo. Los cristianos, los seguidores de Cristo, en realidad, son los que lo asesinan y se lo comen.

Aquí vemos en qué consiste la profundidad simbólica. Un mismo símbolo, como el pan y el vino, significa cosas distintas para distintas culturas, para distintos grupos dentro de una cultura, para distintas zoés. El símbolo pervive, pero la cultura o las diferentes culturas que conviven van transformándose, de manera que el símbolo va encarnando distintos significados. Significados que no solo se sudecen unos a otros, sino que de hecho se superponen, conviven, precisamente en profundidad, encarnándose en toda la profundidad del símbolo, dotándolo de hecho de esta profundidad. Los símbolos, en el mejor de los casos, en los casos en los que son más profundos, a un tiempo aluden y a un tiempo enmascaran diferentes significados. Esto es crucial. Es la clave para entender cómo opera el poder-religión real en la sombra, cómo se infitra, cómo se enmascara y al mismo tiempo se muestra a aquellos que saben reconocerlo. Es clave para comprender el control mental mediante trauma, que a su vez es una de las claves del modus operandi del poder-religión real.

Pero los cristianos no son exáctamente los verdugos de Cristo. Porque precisamente de lo que se trata es de que se identifiquen con él, que lo tomen como ejemplo de sacrificio, para hacer de ellos corderitos controlables. Todo ello en el marco de este proceso milenario de transformación de las sociedades en ganado cibernético, que hoy está en su última fase.

Lo interesante de que Cristo sea precisamente el que habla de su propio sacrificio es que encarna al mismo tiempo la figura del verdugo y la de la víctima. Que son las dos figuras principales de la mecánica sacrificial. Cristo es la carne y la sangre, devorada antropofágicamente por los cristianos, y al mismo tiempo es el que se desdobla y dice que esa carne y esa sangre es él mismo. Así, con este tipo de construcciones simbólicas, cada vez más contradictorias, más polémicas, más profundas, más embaucadoras, se va construyendo progresivamente el edificio de la civilización.

Por cierto que esta duplicidad de Cristo, víctima y verdugo al mismo tiempo, tiene mucha enjundia, de la que trataremos en su momento. Avancemos solo que Cristo es un múltiple, un psicópata con trastorno de identidad disociativo, como ocurre con la mayoría de los líderes político-religiosos. Un desquiciado que se cree sus propias mentiras. Pero naturalmente todo esto no es más que una construcción simbólica, para empezar el mismo Cristo, y todas las construcciones simbólicas funcionan con estas contradicciones, con estos misterios, con estas profundidades.

Pero el símbolo del pan y el vino no solo es una sustitución sacrificial, también es una sustitución hierogámica. De hecho, decimos el símbolo del pan y el vino, como una entidad, y de la misma manera, habría que decir que es una sustitución hierogámico-sacrificial.

El pan y el vino simbolizan la carne y la sangre, lo sólido y lo líquido, lo masculino y lo femenino, lo sacrificial y lo hierogámico. Hablamos siempre de bipolaridades y no de distinciones categóricas en estos binomios. Así, la sangre es, como la carne, la de la víctima sacrificial. Pero, al acompañar a la carne, esta se asocia mayormente al polo sacrificial, y la sangre lo hace al polo hierogámico. La sangre fluye del cuerpo de la víctima sacrificial, pero también de la vagina de la desvirgada o la menstruante, acompaña al bebé naciente. Fluye también del ano violentamente sodomizado. Se habla de linajes de sangre.

En suma, la sangre de Cristo, así como el vino que la sustituye, son símbolos profundos, porque pueden ser interpretados en sentidos muy distintos. Tal como estamos haciendo aquí. Insistimos en que no pretendemos faltar al respeto. Simplemente nos interesa la verdad. Pero la verdad que nos interesa es, de hecho, la convivencia de distintas interpretaciones simbólicas en el seno de un mismo símbolo. En lo único que podemos ponernos de acuerdo es en que no hay acuerdo en la interpretación de determinados símbolos, y por eso mismo estos se convierten en mecanismos de cohesión y articulación social tan poderosos. Por eso el poder recurre sistemáticamente a estos símbolos.

Estamos haciendo un esfuerzo, desde nuestras limitadas capacidades, para interpretar este símbolo concreto, el del pan y el vino, de distintas maneras. Y seguramente muchos no compartan nuestras ideas. Pero sobre todo lo que queremos mostrar es la estructura polémica que conforman los símbolos. Y a partir de ellos, la de cualquier sistema simbólico, la del lenguaje, para no ir muy lejos. Lo que nos interesa subrayar es esta paradoja, que los símbolos nos permiten ponernos de acuerdo y al mismo tiempo hacen posible graves desacuerdos.

Un símbolo profundo, por lo tanto, alude a diferentes sentidos y a un tiempo los enmascara. A un cierto nivel la sangre y el vino serán símbolos del sacrificio de Cristo. A otro nivel nos estarán hablando de un ritual canibalesco. A otro nivel más profundo, el pan y el vino nos hablan de un ritual erótico-sexual, de una hierogamia, de un linaje.

Pero insistimos en que todo lo que decimos no son más que aproximaciones. Porque en rigor no se puede interpretar un símbolo de manera exacta. El símbolo opera en un registro y traducirlo a otro registro es traicionarlo en alguna medida. Y además, todo lo que decimos nos son más que meras interpretaciones, porque el sacrificio y la hierogamia no son más que los dos polos de un mismo mecanismo hierogámico-sacrificial, que hace que sea imposible separarlos por completo, al margen de la teoría. Lo mismo podemos decir del símbolo del cuerpo y la sangre, o del pan y el vino. Por eso insistimos en que funcionan como un solo símbolo.

En todo caso, este ejemplo nos muestra hasta qué punto el cristianismo es solo una fachada, un movimiento superficial. Cómo es parte de algo mucho más profundo, más ancestral, más vivo, que lo atraviesa, que lo precede y lo sucederá. Un movimiento en el que el pan y el vino, el cuerpo y la sangre, simbolizan tanto el sacrificio como la hierogamia, tanto la muerte de Cristo como su unión y encarnación en un linaje vivo. Este movimiento que trasciende el cristianismo, como sucede con el resto de religiones, es lo que podemos llamar paganismo-satanismo, que tiene en su centro la hierogamia y el sacrificio, pero en su forma más explícita, incestuosa y antropofágica: el ritual de sexo y de sangre.

Todo lo que decimos nos permite comprender la profundidad del símbolo del Santo Grial —sangre real—, que nos habla de este trasfondo, a un tiempo sacrificial, pero sobre todo, hierogámico. Si el Santo Grial se asocia a la sangre que fluyó de la herida de Cristo, tras ser herido por la lanza de Longino, es porque esta lanza es también un falo. Esto es, porque hay una alusión velada a la hierogamia. Como iremos viendo, un falo es un pene agresor, a un tiempo pene y arma, a un tiempo hierogámico y sacrificial.

Pedro Bustamante es autor de "Sacrificios y hierogamias: La violencia y el goce en el escenario del poder (1 y 2)" (2016) y "El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses" (2015).