2017-05-26

El derecho a vivir coincide con el deber de matar



En el régimen hierogámico-sacrificial en el que vivimos, toda vida está supeditada a la muerte. Toda vida se alimenta de la muerte. Toda muerte depende de la vida en un nivel superior. Si uno vive es porque se le ha perdonado la muerte, o mejor porque se la ha redimido de un sacrificio. Esto es así por mucho que se hayan derramado ríos de tinta que lo contradicen. Los ríos de sangre que se han derramado, se siguen derramando y se seguirán derramando en el futuro, lo confirman.

Lo prioritario, a un determinado nivel, no es la vida sino la muerte, porque esta muerte es el alimento de la vida a un nivel superior. Y ya sabemos lo que ocurre cuando el hambre aprieta el estómago, que comer se convierte en prioritario y relega a un segundo plano todo lo demás. Si vivimos, en un determinado orden, es porque al orden superior le interesa posponer nuestra muerte, porque se beneficia, de alguna manera, de nuestra vida. Nuestra vida no es tan diferente a la de un gusano que aplastamos con el zapato o a la de un pollo que matamos en una fábrica y comemos en un restaurante de comida rápida.

Esto, dicho en otros términos, supone que todo ser está inscrito en una bipolaridad, que va del polo de la víctima al del verdugo. La mayoría nos encontramos entre ambos polos, somos a medias víctimas y a medias verdugos. Porque el sistema no necesita sacrificar a todos los integrantes en todo momento. Si el sistema sacrificial funciona bien, de manera tan eficaz, es porque es, antes que nada, económico. Económico en este sentido, el sacrificio de una minoría es suficiente para someter a la mayoría. Esto ahorra esfuerzo y es suficiente para mantenerlo todo bajo control, que es lo que quiere la élite. Y seguir implementando la agenda de transformación del humano en ganado.

La figura del derecho a la vida hay que entenderla en este contexto, por mucho que digan los teóricos dominantes, a los que se les paga para que no se comprenda lo esencial. El derecho a la vida implica, en última instancia, el deber de matar. No tiene sentido un derecho a la vida sino es en un contexto en que esta vida está amenazada, y esta amenaza se deriva, en última instancia, de una violencia sacrificial. Puede estar todo lo profanizada que se quiera, pero en última instancia depende y está inscrita en una mecánica sacrificial. Así, disfrutar del derecho a la vida implica, aunque la mayoría no lo comparta o no lo comprenda, el deber de matar. Todo lo que se dice sobre la universalidad del derecho es una entelequía. Son palabras hermosas para vender la moto de la farsa del Estado. El derecho no es universal ni lo podrá ser nunca porque está supeditado a un régimen sacrificial. Y esto implica que, para que unos tengan derecho a vivir, otros deben ser matados. Mi derecho a vivir lo gano matando. Mi derecho a vivir coincide con mi deber de matar.

En términos más concretos, si en ciertos contextos, en los centros del mundo global, en los llamados “Estados de derecho”, se puede disfrutar de un derecho a la vida, es porque esos mismos centros, esas "democracias", están obligadas a matar, en otros contextos del mismo mundo global, en las periferias, en los teatros de guerra, pero también en los atentados de bandera falsa, en las catástrofes "naturales" geoingenierizadas, etc. No estamos defendiendo esta mecánica. Estamos constantando que es la mecánica que opera, al margen de las retóricas y de las fachadas que nos cuentan y que nos venden. Al pensamiento dominante se le paga para vender una ideología y venderla como saber neutro, independiente del poder. De la misma manera que la foto de la hamburguesa en el panel no coincide con la bazofia tóxica que nos vomitan en el mostrador.

En un régimen capitalista como el que hoy impera globalmente, si nos otorgan un derecho a la vida es porque esta vida es considerada un capital, porque forma parte de intercambios mercantiles acordados a largo plazo. Esto es, porque ya han contabilizado nuestra vida futura media, lo que esta vida va a suponer en términos de productividad, rentas, consumo, etc. Las condiciones pueden cambiar, pero en todo caso, el derecho a la vida está supeditado a intercambios económico-financieros de largo alcance.

La paz es solo el polo contrario a la guerra, pero la guerra es el polo prioritario. Por lo que hemos dicho antes, porque nuestra muerte es lo que alimenta la vida de los niveles superiores. Por eso nuestro sistema es un sistema de guerra y no de paz. Por eso la paz hay que entenderla como paréntesis, como excepción, en un sistema en el que la norma es la guerra. Esto puede sonar contradictorio, porque solemos entender la paz como norma y la guerra como anomia, como excepción, pero lo cierto es que toda norma está supeditada a la anomia de la guerra, de la crisis, del sacrificio.

Pero lo más importante aquí es comprender que nuestro derecho a la vida coincide con nuestro deber de matar. Esto es así aunque no seamos conscientes de ello. De hecho, todo está organizado para que algo tan obvio no sea comprendido por la mayoría, especialmente por los especialistas en derecho, en teoría del Estado y demás fauna. Esto no lo compartirá la mayoría bajo una poderosa guerra psicológica contra las masas para vendernos el pacifismo. Pero el pacifismo, aunque pueda parecer contradictorio, está ahí para reforzar el sistema de guerra.

Nuestro derecho a vivir conlleva nuestro deber de matar, y esto funciona tanto mejor cuento menos conscientes seamos de ello. Esto ha sido así siempre, desde que el hombre es hombre. Y a medida que los sistemas se hacen más complejos, esta lógica no cambia, solo se hace más sofisticada, con más capas, con más vericuetos. Las sociedades delegan su deber de matar a verdugos, a ejércitos, a policías, a drones teledirijidos, y así hasta abarcar a todo el aparato capitalista, que está siempre movido por la guerra, por la industria de guerra, por la tecnología de guerra, por la carrera armamentística. Y hasta llegar al mundo altamente tóxico de hoy, en que todo es una cruel guerra de cuarta y quinta generación contra todos.

Considerar un "progreso" disfrutar del derecho a la vida es parte de la cortina de humo que sostiene el sistema. Una cortina de humo que oculta que este derecho implica el deber de matar. Así todo funciona mejor, la gente duerme más tranquila, se siente menos culpable, se olvida de las preocupaciones, consume productos basura, ve el partido o la película en la tele, etc.

Se trata en definitiva de un fenómeno que está también sostenido por un sadismo sublimado e inconsciente. Que, de nuevo, funciona mejor cuanto más sublimado e inconsciente es. Se trata del sadismo estructural que atraviesa todo el sistema sacrificial, desde que el hombre es hombre. Ritual sacrificial que sigue en la base de este derecho a la vida que disfrutamos, pero que disfrutamos porque implica nuestro deber de matar. La mecánica es la misma que la de siempre, solo que más profanizada, más enmascarada, más sublimada.

Este ritual lo celebramos, de algún modo, cada vez que nos sentamos en el sofá o en la mesa para comer, y al mismo tiempo vemos un noticiero en la televisión. Cada vez que presenciamos, nos guste o no, la gran carnicería humana en la que consiste el sistema. Nos han hecho creer que es sano, que es responsable, que es nuestro deber, estar informados de lo que pasa en el mundo. Pero en realidad la sangre en los telediarios está ahí para que la celebremos, para que disfrutemos de nuestro derecho a la vida, para que comprendamos, aunque sea de manera inconsciente, que nosotros somos afortunados porque nos ha tocado el papel de verdugos, pero que quizás mañana cambien las tornas. Insistimos en que no estamos defendiendo, sino solo constatando, esta mecánica sacrificial.

Todo esto lo saben muy bien los satanistas que nos gobiernan en la sombra, que también saben muy bien medir la cantidad y el grado de obscenidad que colocan en el altar televisivo y del resto de formatos. Y también saben muy bien hacer coincidir el ritual de sangre con la comida o con la cena. Porque todo sacrificio está incompleto sin su banquete sacrificial. Y porque nuestro régimen sacrificial ha sido siempre, nunca a dejado de ser, sigue siendo hoy, humano, antropofágico.

Los programas de control mental nos ofrecen la situación límite en la que se enfrenta a dos gemelos a muerte y estos se ven obligados a matar o ser matados. Aquí vemos que es la misma lucha la que determina las figuras del verdugo y la víctima. El gemelo que quiere ganar el derecho a vivir debe hacerlo matando a su hermano gemelo. Este es solo un caso límite, pero real, practicado por los Illuminati. Que, por ser límite, nos muestra el motor que mueve el sistema, el punto de máxima tensión de la estructura, el que tensa el resto. El vórtice que tensa el toroide. Esta es la realidad que se esconde detrás de todas las ficciones jurídicas, penales, estatales, económicas. Pero la verdad siempre es demasiado obscena para ser conocida.

Pedro Bustamante es autor de "Sacrificios y hierogamias: La violencia y el goce en el escenario del poder (1 y 2)" (2016) y "El imperio de la ficción: Capitalismo y sacrificios hollywoodenses" (2015).